3). SITUACION ACTUAL
La existencia de estas constantes y características
recurrentes no debe llevarnos al error de la visión cíclica
de la historia. La actual crisis se diferencia de las anteriores
en aspectos novedosos que se han imbricado en el corazón
mismo del capitalismo y que no existían antes. Por tanto
las soluciones burguesas para una cuarta reordenación del
espacio europeo deben contener alternativas no contempladas en
las precedentes. Tampoco debemos caer en el error opuesto: el
desprecio a los componentes centrales e inevitables del capitalismo
en cuanto modo de producción cognoscible teóricamente
en su naturaleza genético-estructural.
La diferencia novedosa que separa a la situación actual
de las anteriores se remonta a los mecanismos de salida a la crisis
global generada por la Iª GM más el tremendo varapalo
socioeconómico de 1929/32 más, por último,
los efectos de la IIª GM como un conflicto total. Las burguesías
comprendieron en estos años que la salida a las crisis
estructurales ya no dependía exclusivamente de las capacidades
endógenas, internas y propias de la economía capitalista,
aunque esta siempre estaba ayudada y apoyada por factores "externos".
Se dieron cuenta que la interrelación sociopolítica,
económica y represivo-militar se había perfeccionado
de un modo tal que ya no resultaba posible recomponer el sistema
sin su concurso. Es así como surge además del keynesianismo
en lo teórico, la inflación como nueva característica
esencial, el rearme y el complejo industrial-militar, el intervencionismo
estatal, la contradicción entre la transnacionalización
y mundialización de la economía y el reforzamiento
simultáneo de los Estado-nación burgueses, la deuda
pública, la financiarización, etc.
Estos mecanismos de intervención permanente más
las condiciones ya descritas anteriormente sobre la situación
posterior a la IIª GM, así como la introducción
masiva de las nuevas tecnologías desarrolladas, permitieron
una auge económico de una veintena de años. Pero
las mismas causas de ascenso dificultan ahora sobremanera las
posibilidades de reconducción. Hasta el presente las soluciones
burguesas de salida de las crisis pasaban por la triple vía
de ataque a los trabajadores, incremento de la sobreexplotación
del llamado Tercer Mundo y en caso absolutamente extremo, recurso
a la guerra. Se lograba así debilitar a los trabajadores,
destruir capacidad productiva excedentaria, reducir costos energéticos
y de materias primas, invertir exteriormente, imponer condiciones
al vencido, etc, y como resultado de ello recuperar la tasa de
ganancia tras haber aumentado la tasa de plusvalor.
Pero las medidas introducidas para recuperarse de la terrible
crisis de 1914/45, dificultan esas clásicas soluciones
debido a las nuevas dependencias internas y externas del capitalismo
a escala mundial. A partir de inicios del '7O el capitalismo se
encuentra en otra fase descendente que ha adquirido ya una "nueva
gravedad", es decir, no es comparable a las anteriores precisamente
por tres factores: crisis de sobrevivencia planetaria que agrava
cualitativamente el problema, crisis simultánea de los
cuatro aspectos citados que como veremos tiene efectos sinérgicos
y, por último, la imposibilidad, ¡por ahora! de una
IIIª GM -es pueril decir que "la IIIª GM ya ha
estallado pero es sólo económica"- que tenga
los efectos reactivadores de las anteriores.
Dejando por obvia la crisis de sobrevivencia y para más
adelante la posibilidad de una o varias guerras, analizaremos
ahora y en el plano europeo las soluciones a las cuatro crisis
descritas. Antes que nada digamos que su efecto sinérgico
se complica al haberse terminado el débil y excepcional
repunte económico habido en 1983/89 con desigual desarrollo
en Estados y ramas productivas. El carácter excepcional
del repunte ha sido debido a la conjunción de tres factores:
uno, la superficial expansión yankee lograda en base a
un déficit exterior suicida hizo de locomotora interestatal;
dos, la intervención permanente y sistemática de
los Estados para suavizar los riesgos crecientes de crack financiero-bursátiles
y tres, la baratura de las materias primas y productos energéticos.
Las tres nos remiten a dos de las cuatro facetas que vamos a analizar:
la decisiva intervención del Estado y el contexto interestatal.
Al acabarse esa especie de respiro transitorio la situación
ha vuelto a su plena crudeza. El agotamiento del taylor-fordismo
es ya patente. Desde mediados de los sesenta, antes en centros
especialmente combativos de las fábricas, este modelo empezó
a entrar en quiebra al no ser capaz de asegurar la disciplina
laboral. El auge sostenido de luchas obreras y populares en todo
Europa que se destapó públicamente en el 68 renaciendo
después con diversas intensidades hasta mediados de los
'8O en las feroces huelgas inglesas, etc, lo demuestra. Aunque
el colaboracionismo sindical reformista ha paralizado y desunido
muchas luchas, el movimiento obrero no ha sido derrotado totalmente
y menos si tenemos en cuenta su situación a finales de
los '3O, poco antes de la IIª GM en todo el continente, por
poner un ejemplo. Desde luego no tiene ya la consistencia de los
'6O y '7O, pero aún es capaz de responder con inquietante
peligro.
Para derrotarlo de manera irreversible que permita la introducción masiva de la llamada "austeridad", las burguesías recurren además de a las nuevas formas disciplinarias y de trabajo como el toyotismo, flexibilidad, etc, además de eso, a un ataque generalizado a la centralidad espacio-temporal del obrero colectivo simultaneando medidas restrictivas extrafabriles, cambios de todas clases, traslaciones espaciales de las ramas productivas, etc. La causa de que no exista ni tenga visos de existir la célebre "carta social europea" es facilitar ese ataque desde dos ejes: a nivel presente en los Estados y a nivel presente/futuro inmediato en toda Europa. La Europa de Maastricht es pues la Europa del cambio de un modelo disciplinario laboral caduco por otro nuevo, más duro y expoliador.
La crisis de la forma-Estado actual también era patente a mitades de los '6O al ser incapaz de contener esas luchas. A mediados de los '7O, cuando la crisis económica agravaba el efecto de las luchas obreras y populares, las burguesías entraron decididamente a teorizar y aplicar en la medida de lo posible la destrucción paulatina del Estado keynesiano, eufemísticamente denominado "Estado del Bienestar" (¿?), aplicando la renacida mitología liberal y mercantilista que sin embargo sólo se aplicaba contra las clases oprimidas pues el Estado aumentaba masivamente su intervención socioeconómica y política en beneficio exclusivo del capital. Las burguesías querían y quieren que el grueso del presupuesto destinado a los llamados "gastos sociales" -sanidad, educación, etc.- sean reducidos al máximo para potenciar el beneficio privado capitalista reinvirtiéndolo en otras áreas y dejando el campo a la voracidad y rapiña privada.
La Europa de Maastricht es así la Europa de la reducción
de las asistencias sociales, de la relativa protección
sanitaria, de la educación relativamente igualitaria, etc.
Todos los Estados están aplicando ya medidas en ese sentido
y se acelerarán conforme avance la unificación burguesa.
Naturalmente no pueden ni tampoco les interesa reducir totalmente
esas prestaciones y dejar en el absoluto desamparo a la fuerza
de trabajo social. Si lo hicieran así, además de
las repercusiones sociopolíticas y electorales previsibles,
se produciría antes que tarde un deterioro sensible en
la cualificación y aptitud de la fuerza de trabajo con
efectos negativos en los beneficios al disminuir la calidad de
las mercancías. Existe pues un campo de batalla que está
agudizándose en todas partes y que puede afectar a la legitimidad
misma del orden establecido, como veremos luego.
La crisis de la jerarquía interestatal y de la hegemonía
en el imperialismo se ha agravado como efecto de las necesidades
individuales de los tres bloques actuales -EE.UU. y su patio trasero,
Euroalemania y Japón-Asia- que deben cuidar de sus intereses
en un contexto de retroceso económico generalizado y de
agudización de las contradicciones mundiales pese a la
desaparición de la URSS y de sus satélites. Ya no
existe la jerarquía interestatal que estabilizaba en buena
medida la economía tras las reordenaciones vistas.
Es más, es difícil que a corto plazo se imponga
una de ellas sobre las otras dos de forma clara como para ser
obedecida. Anteriormente Holanda, Inglaterra y EE.UU. dictaron
mal que bien los grandes ejes de las recuperaciones de las crisis
cíclicas y pelearon hasta la muerte para imponer las grandes
reordenaciones que resolvieran las crisis estructurales y totales.
Ahora no. Incluso más, el ya manifiesto parón japonés,
pese a que mantiene grandes potencialidades cara al futuro, añade
leña al fuego.
La función histórica de la guerra para el capitalismo
aparece aquí con pleno sentido. La guerra ha jugado el
fundamental papel de facilitar brutalmente las reordenaciones
cuando habían fallado ya los instrumentos económicos
y políticos. La guerra, que ha estado presente decisivamente
en las tres anteriores, no puede sin embargo aparecer en estos
momentos, al menos y durante bastante tiempo entre los grandes
Estados burgueses céntricos y semiperiféricos. Ello
dificulta sobremanera esta cuarta reordenación al exigir
otras tácticas que, salvando las distancias, fracasaron
en las reordenaciones precedentes.
Los Estados más débiles deberán plegarse
a las presiones económicas en vez a las amenazas militares.
Más adelante nos detendremos en el cuento de las "velocidades"
que oculta el mecanismo de dominación que se está
reordenando para todo un período posterior. Ahora dicen
que los Estados que no puedan seguir el ritmo marcado por el eje
Berlín-París quedará relegado. Es más
los plazos del proyecto-Maastricht pueden ralentizarse según
las dificultades socioeconómicas pero quien a la larga
no pueda cumplir las metas fijadas por el centro pagará
su retraso. Sin agresiones ni chantajes militares pero con tremendas
presiones económicas, se está imponiendo la cuarta
reordenación.
La muy correctamente denominada "Euroalemania" busca
centralizar a los capitales estatales europeos alrededor del más
fuerte para encontrar una eurojerarquía capaz de responder
mundialmente a los otros dos bloques. Pero existe un problema
de fondo consistente en que la mundialización económica
es tal que la eurojerarquía debe inscribirse en una tríada
siempre móvil: contexto mundial-contexto europeo-coyuntura
estatal. Véase que en el tercer y último polo de
la tríada se habla de coyuntura y no de contexto. Se debe
a que las exigencias transitorias pesan más en los Estados
concretos, que deben lidiar todavía durante bastante tiempo
con sus respectivas clases y naciones oprimidas, que las necesidades
relativamente estables impuestas por los contextos, que siempre
tardan más tiempo en variar pero que exigen medidas resolutivas
más profundas y permanentes. Pues bien, esa tríada
dificulta sobre manera a la vez que exige con urgencia que se
avance en la eurojerarquía.
La crisis de legitimidad y de valores ya fue diagnosticada oficialmente
por la Trilateral a mediados de los '7O tras las contestaciones
masivas de los '6O y posteriores. Desde entonces y como respondiendo
a un plan prefijado asistimos a una contraofensiva relegitimadora
profundamente reaccionaria y autoritaria en la que intervienen
todas las fuerzas políticas, culturales, religiosas, etc.
Lo cierto es que a finales de los '6O y durante todos los '7O
la sociedad burguesa se vió sacudida por una profunda revisión
crítica de sus postulados y normativas.
Las luchas sociales, obreras y populares, las modas y corrientes
teórico-artísticas, la solidaridad internacionalista,
etc, se añadieron a las crisis del taylor-fordismo, del
keynesianismo y del dominio imperialista yankee. Los esfuerzos
canalizadores y desinfladores del reformismo surtieron poco efecto
por su desarraigo y distanciamiento de las bases sociales. La
pérdida de prestigio de la corrupta burocracia breshneviana
ayudó a la búsqueda de nuevas utopías.
Para finales de los '7O la neocontrarreforma estaba en marcha.
Tenía tres valedores que se desplegaron gradualmente: el
Vaticano y su nueva Cruzada, el reagan-thacherismo y la socialdemocracia.
Luego vinieron en su ayuda las burocracias del Este y su apología
del capitalismo. El clima de aculturización autoritaria
y de justificación de los recortes democráticos
actuales hubiera sido imposible sin la neocontrarreforma. Igualmente
el auge del racismo, xenofobia, chauvisnismo eurocéntrico
y del pangermanismo, también.
En suma, la actual Europa de Maastricht recoge y multiplica este
retorno al oscurantismo y la irracionalidad, que siempre han sido
elementos sustentadores de poderes autoritarios y reaccionarios.
Naturalmente la resistencia es considerable pero ya pasaron los
años en los que la relativa abundancia permitía
al espíritu crítico y creativo desplegar sus alas
para el combate Ahora el ataque total del capitalismo en todas
las facetas cotidianas obliga a la inteligencia a repensar la
estrategia y a escoger más sabiamente el campo de batallas
y las tácticas a seguir.
El efecto sinérgico de las cuatro crisis y de las medidas
burguesas es innegable. Una nueva forma de explotación
del Trabajo por el Capital requiere de una nueva forma-Estado
que la reglamente y defienda de las resistencias del trabajador
colectivo. A su vez, ambas transformaciones son imposibles sin
una jerarquía que organice el caos interestatal e internacional
facilitando la cada vez más costosa y arriesgada dinámica
de realización de la mercancía, de pacificación
para asegurar la ingente inversión de capital constante
necesario para la nueva tecnología -cada vez más
rápidamente obsoleta- y de control inmediato del peligro
inherente a la extrema financiarización del capitalismo
contemporánea.
Estas medidas son inaplicables sin una relegitimación autoritaria
de sus costos sociales enormes. Relegitimación que se está
buscando azuzando el egoísmo eurooccidental para justificar
el expolio del llamado "Sur", así como la extensión
y permanentización de las ya considerables bolsas de pobreza
absoluta y relativa que irán creciendo dentro mismo del
"Norte", posibilitando tanto la intervención
revolucionaria como la contrarrevolucionaria y de extrema derecha.
Es más, ninguna de estas soluciones parciales es aplicable
al margen de las otras y sin su ayuda. Aquí debemos remitirnos
a lo dicho arriba sobre las características genético-estructura-
les del capitalismo. La Europa de Maastricht es por tanto el intento
más acabado y coherente de todos los que tiene a su disposición
la burguesía europea. Se ha ido decantando por él
durante un largo proceso que en lo material se remonta a la década
de los '5O y que desde entonces ha sido guiado más por
el pragmatismo sabedor de las limitaciones que nacen de la pugna
entre los polos expansivo/contractivos de la contradicción
inherente a la definición simple de capital, y que es el
secreto de la debilidad y de la fuerza de los Estados burgueses,
que por un plan claro y precisado al mínimo detalle.
Pero la inversión ideológica en cuanto falsa conciencia
necesaria de la contradicción material y objetiva descrita,
existió latentemente o en forma de múltiples alianzas
y pactos desde que en el XVII el capitalismo logró su
asentamiento. Incluso en los modos precapitalistas de producción
también existió la tendencia, y muy fuerte, a la
unificación imperial, dinástica y/o absolutista.
Tales tendencias nos introducen en el decisivo apartado de las
problemáticas nacionales existentes con anterioridad a
las reordenaciones vistas y que han ido evolucionando en estrecha
relación defensivo/ofensiva con ellas. Quiere esto decir
que -ya se ha hablado al respecto antes- los seis bloques de problemáticas
nacionales actualmente existentes sólo se explican recurriendo
a la interacción histórica de los pueblos con/contra
los poderes centralizadores siempre dentro de la acción
objetiva del desarrollo desigual y combinado y de las relaciones
centro-semiperiferia-periferia.
En este sentido la Europa de Maastricht supone la entrada en una
nueva fase de opresiones nacionales mucho más destructoras
y desnacionalizadoras que las anteriores ya que la que se abre
conlleva una mayor implantación y penetración de
la ley del valor-trabajo y de la abstracción intercambio
unida a ella. Como sabemos, ambas fuerzas son terriblemente desnacionalizadoras
al destruir la base productivo-reproductiva de los pueblos aniquilando
indefectiblemente a la larga su conciencia productiva si éstos
no toman las precauciones imprescindibles de autogobierno e independencia
que en sí mismas contradicen esencialmente el proyecto-Maastricht.
El poder mortífero desnacionalizador de la ley del valor-trabajo
y de la abstracción intercambio se introduce en los pueblos
mediante las cuatro medidas descritas. Una a una y todas a la
vez desestructuran la autoidentidad colectiva y la reestructuran
como mera agregación amorfa y atomizada -que ni siquiera
individualizada- que se añade pasivamente y a título
de simple objeto-mercancía en el gran mercado capitalista
centralizado en la forma-Estado que con lentitud pero sin pausas
irá absorbiendo a los Estados burgueses actuales, respetando
sin embargo algunas de sus tareas como vulgares descentralizaciones
burocrático-administrativas.
Lógicamente, los pueblos que ya disponen de poderes suficientes -poderes propiedad de sus clases dominantes- que se sitúen con cierta ventaja en el nuevo reordenamiento podrán resistir con más tranquilidad el proceso. Se demuestra así la urgencia de una lucha nacionalista democrática coordinada de los más débiles y carentes de instrumentos propios. A lo sumo que puede quedar de las autoidentidades de los menos centrados son restos folklóricos, pintoresquismo regional integrado en la industria turística y utilizado transitoriamente como soporte electoral de clientelas comarcales. Pero aún así y según el grado con agresión centralista y resistencia propia, siempre será posible que se produzca el avance de ese pintoresquismo a sentimientos nacionales sobre todo si se produce una crisis estructural prolongada que deslegitime el mito europeísta.